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El pluralismo de ideas, valores y estilos de vida

El pluralismo de ideas, valores y estilos de vida

El pluralismo de ideas, valores y estilos de vida

Imaginemos un mundo en el que no hubiera salario mínimo, ni protección social en caso de enfermedad o vejez, ni permisos remunerados de maternidad ni descanso semanal; en el que las mujeres carecieran del derecho a votar, a abrir cuentas bancarias o a ocupar cargos públicos; en el que los negros tuvieran más probabilidades de morir a manos de la policía que los blancos; en el que poderosos políticos, empresarios o cineastas exigieran favores sexuales a las mujeres que quisieran hacer carrera. Ese mundo no es el mejor de los posibles. El pluralismo de ideas, valores y estilos de vida es un bien y ha contribuido a dejar ese mundo atrás.

Ahora imaginemos un mundo en el que a los concebidos a la espera de nacer se les negara el derecho a la vida y fueran eliminados; en el que se hablara de diversidad, de tolerancia, de pensamiento crítico, pero en el que la gente no se sintiera libre para discrepar de la mentalidad dominante; en el que se percibiera la estabilidad familiar como un bien público, pero en el que las leyes, el sistema fiscal o la cultura de moda conspiraran contra esa estabilidad; en el que se protegiera la libertad de conciencia y se dispusieran los medios para asegurarla, pero que luego esos mismos medios se convirtieran en artimañas para saltarse la ley.

Ese mundo no es el mejor de los posibles. El pluralismo de ideas ha hecho posible que coexistan ambas visiones del mundo en la sociedad.

Diversas concepciones del mundo

Afirmar esta premisa básica del debate cultural actual: que el pluralismo de ideas es un bien no implica que debamos renunciar al ejercicio de la razón para esclarecer qué concepciones del mundo son más respetuosas con la dignidad humana o más capaces de realizar el bien común.  Pero nada obliga a convertir el relativismo en el valor supremo de la sociedad. De hecho, cuando se niega la posibilidad de alcanzar cualquier verdad, se termina en el extremo opuesto: la exigencia del pensamiento único.

Si en una sociedad nos sentimos poco libres para defender que hay ideas o formas de vida mejores que otras, no hay pluralismo efectivo. Como decía el filósofo Julián Marías, “la libertad no es solamente un problema jurídico; es un problema de holgura”. Una verdadera democracia debe asegurar la holgura para que entren puntos de vista que desafíen a los dominantes. Si no, ¿cómo vamos a saber si hemos llegado al mejor estado de cosas posible?

Si hoy reconocemos como injustas la discriminación racial y la segregación, es porque personas como Martin Luther King o Nelson Mandela –que no gozaron del lujo de la democracia liberal– tuvieron el coraje de alzarse contra prácticas que, en su día, se consideraban legítimas.

El pluralismo de ideas como equilibrio dinámico

El pluralismo de ideas no es un peaje que los ciudadanos debamos pagar para tener derecho a vivir en una sociedad moderna; no es un trato que debamos hacer para que nos dejen en paz con nuestras convicciones. Es exigencia y expresión de derechos intrínsecos a toda persona: a la libertad de pensamiento, de opinión y de expresión, de conciencia, de religión.

La libertad de conciencia no solo protege las convicciones fundamentales, sino que también promueve el crecimiento moral, tanto de las personas como de las sociedades. La conciencia, aunque esencialmente individual, es vital para el bien común. Hay dos indicios serios hoy de la devaluación del pluralismo: cada vez más personas están dejando de verlo como un bien y crece la sospecha de que las democracias liberales están perdiendo capacidad para acomodar las diferentes visiones del mundo y estilos de vida que caben en ellas.

La reivindicación del pluralismo es más necesaria en un contexto saturado de autocomplacencia como el actual. De un lado, nos encontramos a “progresistas” convencidos de que su visión del mundo viene dictada por la ciencia, la razón o las intenciones más compasivas, mientras que la de quienes discrepan de ellos es fruto del fanatismo y la crueldad. Y del otro a “conservadores” convencidos de que ellos representan el sentido común y la sensatez mientras que los otros persiguen una agenda corrupta e inmoral. El resultado es un espacio público crispado en el que cada cual se repliega en su cueva: su guarida ideológica o su burbuja mediática.

Y como en la cueva tiene premio mostrar la adhesión sin fisuras a la propia tribu y ser muy contundente con los de fuera, entonces nos olvidamos de comprender sus razones y de hacer más comprensibles las nuestras. La cosa se complica más para quienes tienen unos puntos de vista que no coinciden con la mentalidad dominante. La razón es que el que está en lo que la mayoría social considera que es “el lado correcto de la historia”, goza de presunción de inocencia; son los otros los que deben justificar sus locas ideas.

Esto ha pasado en todas las épocas.  Es el insobornable péndulo de la historia. En este momento histórico hay un sesgo anticonservador en la opinión pública: las posiciones consideradas “tradicionales” tienden a estereotiparse como “antimujer”, “anticiencia”, “antidemocracia”, etc.; y a quienes las sostienen, de fanáticos o crueles.

La tercera alternativa

¿A qué pueden aspirar las personas interesadas en contribuir a que los debates públicos sobre temas sociales controvertidos atenúen la crispación y la confrontación? Hay varias estrategias que han funcionado: “abrir perspectivas” sobre los temas planteados; plantear dudas inteligentes sobre posiciones tomadas; mostrar sus paradojas e inconsistencias; iluminar puntos ciegos en la manera en que se están discutiendo las cuestiones; buscar “comprensiones de mayor penetración y alcance”.

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Por: Vicencio González.

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