La aventura de la búsqueda de la belleza
La historia de las ideas estéticas la podemos ver como el relato de una aventura vivida por artistas y pensadores occidentales, desde Pitágoras hasta el siglo XX, lo que nos lleva a disfrutar del conocimiento de la historia de la belleza, descubrir su origen y su sentido.
Si acompañamos esta crónica con referencias a la literatura y el cine -no meramente a modo de ilustración o de ejemplos- captareos cómo el arte aplica las ideas estéticas, cosa que hace no porque siga recetas leídas en los tratados de los filósofos, sino porque contiene las expresiones universales de la belleza que ellos reconocieron en las creaciones artísticas.
Cabe, desde luego, descubrir el concepto clásico de belleza en las esculturas de Fidias o en las tragedias de Sófocles, pero este enfoque luce más interesante porque explica, por ejemplo, cómo la música en el cine cumple una tesis de la Poética de Aristóteles: en una obra dramática, la memoria es puesta en acción no tanto por lo que vemos, cuanto por lo que oímos, y con la memoria captamos la unidad del argumento. El recurso del teatro griego sigue vigente en las películas, que emplea la música para evocar sentimientos o modos de ser de los personajes, así como para subrayar acciones decisivas.
Así, se muestra la pertinencia del cine y otras artes para comprender las concepciones estéticas de cualquier época. Podemos distinguir cuatro concepciones, que las podemos denominar por la categoría que en cada una se descubre como esencial.
La antigüedad griega apunta a la unidad: la belleza está más allá de las cosas bellas, y se alcanza en la reunión con el origen divino de todas, en el que reside, y del que en el mundo encontramos sombras. Belleza y bien se identifican, como defiende Platón en El banquete y muestra Theo Angelopoulos en su película La eternidad y un día (1998).
A partir de san Agustín, la categoría fundamental es la relación. La belleza del mundo es real, no sombra, y si recuerda la suma belleza de Dios, es porque de ella es realización finita y no sombra. Santo Tomás de Aquino termina por encarnar la belleza en las cosas, aun las humildes, y lo mismo hace Zhang Yimou en las escenas del cuenco roto y restaurado en El camino a casa (1999).
La modernidad traslada la belleza de la realidad a la experiencia, y por eso la investigación de la belleza comienza a llamarse estética. Este giro a lo subjetivo inaugura la exigencia de autonomía para el arte, y quiebra la unidad entre belleza y bien. Si la impresión es decisiva, la experiencia estética puede darse también en lo sublime, que sobrecoge, como un cataclismo. Y aparece la estética de la violencia –contemplada, no sufrida–, como en Ran (1985), de Akira Kurosawa, o Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola.
En la época contemporánea, la atención de la estética se centra en la obra, que pasa a ser la sede del arte, y no necesariamente de la belleza, que ya no es siempre el fin de la creación. La exigencia, entonces, es interpretar la obra en su contexto histórico, social, cultural: ahí reside su significado y su sentido. El arca rusa (2002), de Aleksandr Sokúrov, es un ejercicio de ese intento en formato cinematográfico.
Es una forma de narrar la aventura de la búsqueda y contemplación de la belleza como una sola historia, recorriendo distintas épocas y autores sin perder el hilo.
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